Algunas cosas que te perdiste de Río de Janeiro

Dicen que no se ha visto Río si no se la ha mirado desde las alturas del Pao de A5Úcar, ni se han trepado los interminables escalones del Corcovado que conducen hasta el altísimo Cristo de 38 metros, sus brazos abiertos abarcando 28 y un peso de 1.145 toneladas. Siempre está presente en el paisaje, no hay manera de esquivar la figura santa, pero sólo de cerca se puede comprobar que esa mole fue armada con bloques de cemento revestidos de placas triangulares de piedra. Desde cualquiera de las cimas de los aludidos morros, es muy fácil entender cómo se fue moldeando la gran urbe carioca sobre la magnífica bahía de Guanabara, a la que los navegantes portugueses confundieron con un río, las islas salpicadas aquí y allá. Al amparo de un cielo despejado, súbase y embóbese. Punto.

Si es capaz de imaginarse un Río sin sol ni playa, aproveche las horas nubladas para conocer de una vez por todas sus barrios y las muchas expresiones culturales de las que gustan ufanarse los locales. Vaya al Museo de Arte Naïf, la colección es buení sima. Antes o después, suba la calle Cosme Velho, sede de ese museo, y métase por el Beco de Boticario, callecita empedrada que deriva en ’ana plaza breve con sus viejas casas remozadas, sumergidas en el halo de los artistas que las habitan.

Vaya al centro, camine hasta la placita original 15 de Noviembre, donde está el Palacio Imperial. Es el punto de partida de toda esta historia, cuando los conquistadores lusitanos llegaron y las mujeres indígenas, al ver que las señoras bajaban con sus cabezas cubiertas por turbantes (a causa de los piojos), lo tomaron como una expresión de coquetería tan irresistible que automáticamente la adoptaron. Pasee sus calles estrechas, pispee tras las puertas de los templos sagrados, coma la deliciosa, energética cocina minera en Gérais, boliche paradigmático donde se preparan excelentes caipirinhas. No arrugue frente a la puerta de la Casa de Cultura Francia Brasil, porque en este exedificio de aduana de Río, hay siempre alguna buena exposición para ver.

Recorrer los barrios es un ejercicio estético antes que físico. El de Urca está considerado como el mejor lugar de la ciudad para vivir (muchos artistas residen en este recodo de ubicación inigualable), pero el que se explaya monte arriba yendo del Botánico a la floresta de Tijuca, no es para desperdiciar. Orto huerto en portugués es calma chicha generosa, con casas magníficas sin otra ostentación que la de los vegetales resguardándolas de los curiosos. Al barrio de Santa Teresa llega un colorido bon dinho (tranvía), como subrayando el valor de su bohemia, embellecida de mayólicas  finiseculares, de casonas pegadas al morro, de calles empedradas que se niegan a seguir una línea recta, de patios serenos, de señoras que sonríen y saludan al visitante.