Lo más elegido en Brasil: Buzios

Desde que los 14 kilómetros del monumen . tal puente Niterói une las dos puntas de la Bahía de Guanabara, Buzios dejó de ser una realidad aparte. Antes, para acceder a este retiro sagrado que los argentinos se encargan de glorificar desde hace más de 25 años, se necesitaban demasiadas horas y había que dar muchas vueltas. Tal cual: o se cruzaba al otro lado por agua, o se tenía que bordear prácticamente toda la bahía para enganchar la BR 101 a la altura de Manilha. Por fin el megaviaducto acabó con todos estos peros, e hizo de la escapada un clásico inesquivable de fin de semana. Es como cuando todo Buenos Aires huye a Pilar y a los countries.

Superada la distancia del puente, el trayecto que sigue es una sucesión inalterable de verdes. Poco antes de la bifurcación (por un lado se va a Cabo Frío, por el otro a Buzios), despuntan poblados que tienen como costumbre exponer a la venta objetos de barro. Las macetas, horribles, pero las cazuelitas negras son bien agradables y los artesanos explican, con la proverbial simpatía carioca, cómo han de curarse para después darles el justo destino de contener una sabrosa moqueca de camarao.

La llegada a Buzios lo confirman una presencia de pousadas y sobre todo condominios, que se apiñan en las puertas de este enclave costero. También está la marina correspondiente sobre la larga línea de arena y agua mansa que traza la bahía de Man guinhos, donde al atardecer, cualquiera que ayude a recoger las redes, recibirá su recompensa con parte del botín cobrado al océano.
Un clima con una temperatura media anual de 25 grados, aguas espléndidas que bañan una generosa veintena de bahías a cual más divina para bucear, nadar y simplemente flotar sin pena en esa gloria de mar: el placer del ocio irrestricto a dos cómodas horas y media de la gran ciudad, y el carácter de aldea de pescadores que pese al crecimiento urbanístico aún pervive, son razones más que poderosas para soñar con Buzios.

Aquí llegaron los indios tupinambá mucho antes que lo hicieran los portugueses, en el siglo XVI. Estos se adelantaron a la Bardot y la estrella de Saint Tropez, arrastró a todos. No importa tanto que Armacáo de Buzios haya servido de refugio a les inquietos navegantes lusitanos cuando escapaban de los piratas franceses (así descubrieron la pronunciada península a 180 km al noreste de Río), ni en nada influye que en sus costas se havan aplicado al deshuese de ballenas, ni cambia la historia admitir que el primer blanco en poner pie en este territorio pudo haberse llamado Joao Fernandes (curiosamente también fue un Juan Fernández el primero en habitar una austral isla chilena), pero sí fue clave la fugaz presencia de Brigitte en los ‘60. Hasta le dedicaron un samba con nombre y apellido como agradecimiento.

Domingos y feriados son hervideros de gente con la piel al sol y concentran un entusiasmo de vida al aire libre que se complace en múltiples actividades saludables. Por empezar, todas las que el agua pueda inspirar, porque mar y playas sobran. Para snorkel está Azedinha, escondite todavía poco obvio a la vuelta de Joáo Fernandes, y al que se accede por sendero o en lanchi ta, por un puñado de reales, que sale de praia dos Ossos. El barullo del jetski tiene su escenario admitido en la céntrica praia do Canto, pero ya se fue expandiendo a la holgada bahía Ferra dura, en el flanco opuesto de la península, donde además el windsurf y la navegación a vela se practican con ganas.

Hay que seguir mucho más al sur para volver a encontrar otra ensenada con forma de herradura, y como es chiquitita, la llaman Ferradurinha. Sepa que no es nada fácil llegar hasta allí. Si por tierra, sólo desde el morro a la izquierda de Geribá la otra praia grande de Buzios sale un sendero que concluye en ese recodo de arena blanca, residencia temporal de tortugas marinas. En OlhodeBoi, en cambio, el nudismo es la consigna.

Da igual si la playa es más o menos tranquila, más o menos lejana, más o menos ignota. Más o menos, encontrará siempre el típico puestito de tablón y sombrilla con servicio de tragos, jugos reparadores, y todos los frutos que da la mar servidos en bandeja, frescos de recién capturados, en asombrosa cantidad. Ahí, junto a las olas, sin mover un dedo. Cualquier cosa, menos sacrificarse.
Las caminatas no tienen excusas: son la razón misma para conocer Buzios en sus más insignificantes detalles. Es esencial contar con unas buenas zapatillas para lanzarse a recorrer senderos, trepar y descender laderas, o inventar caminos sobre la marcha, con tal de mantener viva la ilusión de descubrir una playa nueva, una calita escondida, una esquina de mar insólita. Quien patee Ferradura apreciará el pespunte apretado de casas con salida directa al mar; casas que transpiran confort y concluyen en la arena misma, con esos ventanucos por los que algunos paseantes no pueden evitar asomarse y, ¿qué ven?, que el ventanuco da a un sauna. Pavada de hedonismo.

La noche no sabe de sueños en Buzios, menos aún después de los momentos mágicos del atardecer, que no importa donde se esté, siempre sucederá en la línea precisa entre el océano y el cielo. Con las estrellas y la fresca nocturna, se cultivan encuentros ocasionales a continuación de la cena ceremonia tempranera acá para eternizase en la breve rúa das Pedras. Con música, chamuyando pavadas en portuñol y hasta que no quede más lugar físico para las caipirinhas. El sol en estos casos, ya suele llamar a retiro.

Excelente programa es seguir por el sur de la península hacia Cabo Frío, una de las ciudades más antiguas de la región, a 25 km de Buzios. Fue fundada en 1615 esta comarca orillera, tiene sus entretenimientos históricoculturales, a falta de aguas templadas, y hasta agradables pousadas para distraerse una noche. Después continúe bajando hasta Arraial do Cabo, un fin del mundo a insignificante distancia de playitas, islas, dunas que hacen imaginar saharas, esas maravillas.

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