Nos enamoramos de Aruba

Chiquita, llena de atractivos naturales, su excelente y variada oferta hotelera ubica a esta isla caribeña en la mira de los que buscan un destino confortable, con espléndidas playas y un mar que desde el windsurf al buceo, prodiga distracción sin límites.

En pocas islas del mundo el viento sopla tan regularmente como en este terrón antillano, a pocos kilómetros de la costa venezolana. Aruba fue ocupada por los holandeses en 1636 y nunca más se apartaron de ella. Normal. Aquí, en una superficie de apenas 30 kilómetros de largo por nueve de ancho donde llover no llueve nunca y cuando cae gota es motivo de noticia en primera plana, el calor sería insufrible si no fuera por las ventoleras

constantes. Esas ráfagas benefactoras aplacan el calor en tierra un suelo donde sólo parecen atreverse los cactos y el divi divi, árbol de tronco inclinado a 45 grados y copa orientada a favor del viento igual que un jopo engo minado y hacen que las aguas del mar se sientan más frescas en la piel.

Holanda ama Aruba, hospitalaria y limpia, dos virtudes que todo visitante aprecia de entrada. Los americanos son asiduos de la isla, igual que lo son los venezolanos, sus vecinos naturales. Gracias a ellos la lengua española dejó su huella, que entreverada con un poco de holandés y voces aborígenes del arawak, redundó en un grácil lenguaje, el papiamento. Después vinieron todos los demás, los europeos siempre listos a descubrir una nueva variable del descanso estival, y los argentinos, felices de que Aruba exista.

Por el norte la costa es un festón deshabitado de acantilados bermejos, de orillas afiladas por la roca volcánica erosionada a viento y sal. En el noroeste, en Balashi, el faro indica que de ahí en más lo que resta es mar abierto. La isla se acaba en ese punto, territorio de cabras mañosas desde el cual se aprecian, a la distancia, los hoyos del único campo de golf que hay en Aruba. Urbanizaciones y hoteles a la sombra de los cocoteros, se reparten las arenas casi blancas, mansas hasta más allá del resplandor esmeralda del mar. O turquesa, según.

Camino al faro se descubre el exclusivo barrio de Malmok. Ahí hay playas encantadoras como la de Hadicurari (Fischer man s Hut) sobre la que concluye el impresionante Aruba Marriott Resort, o las Aras hi y Malmok, otras dos contraseñas fantásticas. Pescadores en franca tertulia y sus embarcaciones meciéndose sobre las olas, es imagen común en Hadicurari, con su rústico muelle y el bar, que forman parte del Centro de Pesca de Aruba. Una refrescante cervecita, un plato de pescado por un flaco puñado de dólares, y la posibilidad de salir a pescar en alta mar que ahí mismo puede acordar con cualquiera de los presentes.