¿Qué comer en Brasil? Recomendaciones

Las cacerolas brasileñas fusionan Portugal, Africa y el Amazonas, igual que la vida entreveró las razas al aire cálido de los trópicos. Y después, mucho después, cayeron los otros aportes. Italianos básicamente, alemanes, polacos, en fin, la historia de todos los guisos raciales y culturales de este mundo.

Hay riqueza de color y de sabores en la cocina de Brasil, hay chancho y pescados de rio, hay frutos de mar en cantidad y porotos para tirar para arriba como arroz en los casamientos, hay harinas conocidas y hay farofa, hay verduritas y hay frutas, hay aceite de oliva y de dendé. Además hay picardía en las sazones y hay razones alimenticias en sus mesas antes de devenir en principios gourmet, o sea, en una deliciosa armonía que despierta el hambre sin tenerlo. Y hay raciones, que en general son como mínimo abundantes, a escala del país.

Comer regionalidades en Río no es lo más evidente pero sí posible. Más abunda en la dudad carioca la manía por la exageración de las cosas. Entonces no es de extrañarse que si le pregunta a un local dónde ir a co^er a.gún plato representativo, le sugiera dirigir los pasos a cualquiera de los restaurantes que ofertan comida por kilo. Se sirve uno .o que más le dé la gana en la cantidad que imagina va a poder consumir, se lo pesan y en función de lo que la balanza indique, pagara. Representar, no representa. Para eso, mejor irse al espeto corrido a comer carne, que aunque en algo se asemejen estas propuestas (por eso de las sobredosis de comida), el servicio en cuotas crea la ilusión de un rito más civilizado.

Los puristas le dirán que no hay mejor feijoada que la preparada en casa de familia, lo cual no ha de ser del todo fábula, pero yo le sugiero una realidad comprobada y es anotarse a la que hacen los sábados en el hotel Caesar Park de Ipanema. Es por lejos, la mejor que pueda ofrecer cualquier mesa pública de Río.

Además de la feijoada de lujo, destaco dos de los varios boliches recorridos, por su calidad y su autenticidad localista. Uno es el restaurante Cesar, detectado en la Barra de Guaratiba. Genialísimo. En medio del verdor profuso, del ambiente pachorro reinante en esa casa ancha de galería, los dueños reciben como si de amigo se tratara el recién llegado. Atiende señora chiquita y pizpireta aunque entrada en años que no parecen importarle, quien, después de acercar jarra macro de fresco jugo de sandía sin azúcar (aclaramos), relató pormenores de la cocina que ahí se resuelve con pocos, pero muy tentadores platos.

Mientras el apetito se distrae mordisqueando jugosas em panaditas pastel de camarones o de queso (cualquiera de los dos, a $0.50 c/u), de impecable fritura y ligera masa, van haciendo el plato fuerte. Irresistible la muqueca de langostinos (unos $1718), perfumada y barroca, untuosa, seductora. La de pulpo ($12,50) no es para despreciar, y ambas se acompañan con profusión de arroz y mango en tajadas. Frescuras irreprochables delatan los productos acuáticos. Quedó comprobado con el peixe grelhado pescado a la parrilla ($12) y las langostas en igual condición que liquidaron unos vecinos de mesa. Los postres que la casa ofrece son mínimos, casi nulos, pero la calidad de sus caserísimos dulces (una perdición los de cajú y guayaba, cualquiera a $1,50), hacen que este detalle importe muy poco. Si los paladea con queso fresco local, nunca más querrá irse de ese lugar.

El otro es Geraes, un local amplio en la parte antigua de Rio, despejado de decoraciones pero profuso en aromas a cocina minera. Es decir, mucho guisote espeso, chanchos en todas .as . aae.es . porotajes a granel. Es ésta una comida rica conceptualmente, hecha para gastarla con kilómetros diarios ce marcha forzada o para engordar sin remece. Ya se saben, suelen ser riquísimas. Aquí funciona un atinado autoservice, y además el bar prepara mas deliciosas, con cachapa de calidad. Abro paréntesis para Don Camillo, excelente propuesta del comer itálico, cue aunque en apariencia nada tenga que ver con Río, la influencia de esa cocía aquí es enorme. Y la resuelven muy bien. No obstante algLnos acentos acariocados más que perdonables. Las cazuelas marineras, suculentas y aromáticas, se parecen a las muquecas. La pasta alie vongole almejas es un manjar, el pescado a la sal, otro tanto. La carta contempla una nutrida selección de vinos importados, en particular los italianos, de los cuales, destaco dos regios tintos, el Bru nello di Montalcino y un fórmula uno de escasa aparición, el Sassicaia cabernet sauvignon, a un precio para nada regalado. Pero si prescinde de estos lujos, comer aquí con panes caseros, buenos olivas y esas cosas ricas de la cocina peninsular, no suma más de $20 por persona.