Recorriendo el campo Chileno

Avanzamos hacia las montañas por el Paso del Chalaco. Se huelen aromas silvestres: plantas que seguro tienen usos medicinales, bosta, sudor de caballo. Trato de imaginar una vaca, tres vacas y después dos mil. Cómo nos organizaremos para arrearlas. Pienso en películas de vaqueros, y alguien en la caravana menciona Cowboys de ciudad, con Jack Palance y Billy Crystal.
La tarde está despejada; a medida que subimos, el río Rocín queda atrás al igual que los sauces, los romeros silvestres y los árboles en general. Salvo en algunos valles, la vegetación cambia por espinos, cactus, quiscos (cardones) y arbustos bajos. Ya no hay señal de celular. Pronto usaremos señales de humo para comunicarnos (no es broma). Adelante van Hugo y Amarillo, que guían las gurupas o muías cargueras. Llevan alforjas con la comida de los próximos días: lentejas, paltas, harina para pizzas, carne, manzanas, café, queso de rallar, galletitas dulces, pan. También cargan mesas, sillas, carpas, manteles, botiquín y hasta tubos de oxígeno por si alguien se apuna.

De la logística y el costado turístico se ocupa Eduardo Finkel, un ingeniero que hace diez años cambió de vida y fundó Pioneros, una agencia dedicada a las cabalgatas con un ítem fuerte: el cruce de los Andes por la ruta sanmartiniana. Así lo conoció a Hugo, que es su baquiano en esa travesía de ocho días por la cordillera. Juntos pensaron abrir al turismo esta vieja tradición del fin de la veranada. Para la prueba piloto, Finkel le propuso el viaje a cinco fanáticos de los caballos, que habrán tardado un minuto y medio en darle el sí y aquí están, entusiasmados, cubiertos de protector solar, con la mirada en el frente.

El camino sigue trepando, pasamos los dos mil metros de altura, ya no se ven caseríos ni el cuartel militar ni la bandera chilena. Poco a poco, uno tiene la sensación de entrar en la cordillera. Nunca de haber entrado, siempre de estar entrando. Debe ser porque es inmensa. Durante todo el viaje estamos envueltos por montañas.

El primer campamento es a orillas de un río de deshielo, con truchas que los huasos pescan con las manos. Imposible buscar un lugar plano para armar la carpa. El lugar se conoce como Los Llanos, pero aquí todos los planos son inclinados, más o menos, pero inclinados. Alrededor del río hay mallines de hierbas tiernas, verdes. Los caballos, ya sin la montura, se desperezan, beben, se retuercen, se alimentan. El cielo se puso medio rosa, medio rojo, medio amarillo. Hora de abrigarse y juntar ramitas para encender el fuego. De las vacas ni mu.