Un paseo por lo mejor de Brasil: Recife

Venía caminando en sentido contrario al mío por la Rúa do Sol, sobre la acera que da al río Capibaribe. Vestía camisa celeste de mangas cortas y sombrero. Llevaba esos anteojos de marco grueso y oscuro que sólo puede llevar un inocente. Me preguntó si buscaba algo en especial, y le pregunté si eso que veía enfrente era la casa de gobierno… Resultó que Ismael era un jubilado que colaboraba en tribunales de lunes a viernes, pero no había nada que lo hiciera más feliz que mostrar su ciudad. Sabía de historia, de arquitectura, de la vida en general. Tenía una teoría completa sobre lo mejor que habría sido todo, si Recife hubiera quedado en manos de los holandeses como fue desde 1630 a 1654 y no de los portugueses. “Los holandeses hacían. Los portugueses aprovechaban”, era su tesis. Ismael me contó que los portugueses llegaron a la zona en 1537 y se instalaron en Olinda. Cuando la industria azucarera marchaba viento en popa, los holandeses incendiaron Olinda y encontraron en Recife un habitat bastante similar al de su patria, terreno bajo y anegado, manglares… Recife pasó a ser conocida durante aquellos años como Mauricéia, especialmente por los trabajos de drenaje y puentes que el príncipe Mauricio de Nassau mandó construir. El puente inaugurado en 1643 todavía une el barrio del Antiguo Recife con la isla de San Antonio. Fue el primero de América Latina, y le siguieron varios de los 39 que hoy ostenta la ciudad. Si Sao Luís es la Atenas brasileña, por el bagaje cultural de sus muchas fiestas, Recife señores es la Venecia nacional. Y vengan a ver si no hay agua.

Ismael me hizo caminar como beduina. Fuimos a la iglesia de San Francisco, la del Santísimo Sacramento, Nuestra Señora del Carmo, de los Militares, del Rosario de los Hombres Negros, Madre de Dios y San Pedro. Algunas estaban cerradas, pero en general tenían frentes barrocos en piedra y altares cubiertos en oro de piso a techo, tallados en madera de jacarandá.
Cuando conseguí sentar a mi guía espontáneo en una silla, yo había perdido la cuenta de todos los lugares que vimos. Caía la tarde y demás está decir que no aceptó otra retribución que una cerveza en un bar de la calle… Pero se salía de la vaina al contarme que el kiosquero le había preguntado si yo era su novia, y él le había contestado “es mi hija”. A lo que agregó: “No debería andar sola”.

Le agradecí muchísimo, pero no estaba en mis planes pasear pv 7 todo Pernambuco con Ismael. Los museos los hice otro día sola. También hay un millón. Los mejores son el de la Ciudad, el de Homem do Nordeste y el del Estado de Pernambuco en la residencia del Barón de Beberibe, síntesis perfecta para la comprobación de que sí hubo riqueza en esas latitudes. Terminé aquel día otra ve: en Recife Antiguo, donde las calles do Bom Jesus y Apolo estar, deliciosamente recicladas, con muy buenos cafés y restaurantes.

Pero quería mezclar playa con ciudad. Y la playa de Recife, Boa Ygem, es en enero digna émula de La Perla. Tenía otra “foto” en la cabeza. La clásica: palmera, mar azul, espuma blanca sobre arena tibia… ¿Les suena? Al sur de Recife, está Porto de Galinhas y hacia allá pam. Cuentan que el nombre le viene de los tiempos en que llegaban los barcos con esclavos y los traficantes usaban la contraseña “llegaron las gallinas de Angola” para avisarse entre ellos. No parece muy secreta, pero bueno… Hoy en día, Porto de Galinhas tiene muchísimo de eso qm buscaba pero para mi gusto, le sobra gente. Así que tomé mi mochili ta con rumbo opuesto. Al norte.